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No hay política sin Historia

07.05.2020 - Artículo

Artículo conjunto del Prof. Dr. Andreas Wirsching, Director del Instituto de Historia Contemporánea de Múnich, y del Ministro Federal de Relaciones Exteriores Heiko Maas con motivo del 75º aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial

Heiko Maas -Ministro Federal de Relaciones Exteriores
Heiko Maas -Ministro Federal de Relaciones Exteriores© Thomas Koehler/photothek.net

Ninguna otra fecha ha marcado tanto nuestra historia reciente como el 8 de mayo de 1945. Ese día callaron las armas sobre las tumbas de más de 40 millones de muertos en Europa. Se puso fin al régimen de terror de los nacionalsocialistas y al asesinato de los judíos en Europa. Convirtiéndose así en el día de la liberación para millones de personas privadas de derechos y perseguidas, en el día del recuerdo para conmemorar a las víctimas, en el día de la victoria sobre la injusticia.

Con ese día, los alemanes pagaron el precio de lo que habían hecho posible el 30 de enero de 1933 y de no haber podido librarse del nacionalsocialismo. Entre los escombros de las ciudades alemanas la gran mayoría de las personas miraban al futuro llenas de temor y desesperación. Pasaron 40 años hasta que Richard von Weizsäcker habló también en nombre alemán de “liberación” sabiendo que por lo menos una mayoría de la sociedad de Alemania occidental lo apoyaba. Esto solo fue posible gracias al esclarecimiento, a menudo doloroso y marcado por contratiempos, de los crímenes del nacionalsocialismo tras el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Esta experiencia nos muestra que se pueden extraer lecciones de la Historia, principalmente de sus catástrofes. Que no deben volver a surgir guerras ni crímenes contra la humanidad desde territorio alemán es hoy por hoy una esencia inamovible de la política exterior alemana. Nuestra defensa de una Europa fuerte y unida, de los derechos humanos como expresión universal de la dignidad humana, de una cooperación internacional basada en normas, la negación de caminos particulares alemanes: todo ello se vale del conocimiento sobre los crímenes sin precedentes cometidos por Alemania en el siglo XX, que hallaron su expresión más monstruosa en el Holocausto.

Quienes pretendan poner punto final a este capítulo de la Historia alemana, no solo estarán ofendiendo a las víctimas. También estarán privando a la política alemana de su credibilidad, puesto que la autocrítica y la confianza son dependientes entre sí. Lo anterior es especialmente válido para nuestro país.

Para nosotros, la política sin Historia es impensable. ¿Pero cómo funciona si le damos la vuelta? ¿Cuánta política puede soportar la Historia? Lo estrecha que es la interacción entre ambas lo percibimos prácticamente en todas las reuniones internacionales. La forma en que se mira el 8 de mayo es a menudo muy diferente.

En Rusia y otros países de la antigua Unión Soviética se conmemora a los héroes y se celebra el fin de la guerra con desfiles de la Victoria. Los aliados occidentales también festejan el 8 de mayo con actos solemnes. A todos aquellos que lucharon contra la dictadura nacionalsocialista también les seguimos estando hasta hoy muy agradecidos.

Los ciudadanos de Polonia, el Báltico y otros países de Europa Central, Oriental y Sudoriental, en cambio, tienen sentimientos encontrados con respecto al 8 de mayo. La alegría por la victoria sobre el nacionalsocialismo va unida para ellos con el inicio de otra forma de privación de libertad y de ajenidad —una experiencia que comparten con muchas personas de Alemania oriental.

Por tanto, el 8 de mayo muestra claramente que la Historia marca quiénes somos como personas, pero también como naciones. Lo que hace más importante tratarla con sinceridad. El pasado alemán muestra el peligro de un revisionismo que sustituye el pensamiento racional por mitos nacionales. Por esta razón —y no por una supuesta superioridad moral— precisamente nosotros los alemanes estamos llamados a tomar posición cuando los agredidos son convertidos en agresores y las víctimas en victimarios. Los repetidos intentos realizados en los últimos meses de reescribir la Historia de una manera tan infame exigen una aclaración por nuestra parte que, en vista de los hechos históricos inalterables, verdaderamente no debería ser necesaria: Alemania por sí sola desencadenó la Segunda Guerra Mundial con el ataque a Polonia. Y solo Alemania es responsable del crimen contra la humanidad del Holocausto. Quienes siembren dudas al respecto y empujen a otros pueblos a asumir un papel de victimarios estarán cometiendo una injusticia con las víctimas. Estarán instrumentalizando la Historia y dividiendo a Europa.

¿Pero cómo puede hacerse para arraigar el recuerdo del 8 de mayo en la memoria europea de manera que nos una? Para ello se requieren dos cosas: La voluntad de incluir la perspectiva de los demás en nuestra propia memoria —tanto el dolor de las víctimas como la responsabilidad de los victimarios—. Y el valor para distinguir claramente entre víctimas y victimarios, entre mito y hecho histórico. Trabajar hacia ese objetivo sigue siendo la visión y misión de la política alemana en el tratamiento de la Historia. Está bien que el 8 de mayo nos lo recuerde.

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